Alumbrada por suspiros hambrientos se fijo la vida a su tormento. Sin más lógica que dolientes carcajadas, un ser sin estancia tomado de la mano de la nada, se refugio entre las hojas desgarrantes del tiempo. Celoso, el tiempo, violentó caricias entre las impuras hojas otoñales, construyendo con sus restos un laboratorio donde fecundar aquellas ancestrales bombas terrenales: odio en contacto con los ideales solo son un matrimonio arreglado para parir al desconsuelo y la asesina decepción. Centavos flotando en la fuente de los deseos.